Okupas en el Reina Sofía

Ayer volví al Hospital San Carlos. Perdón, quiero decir que volví al Reina Sofía. Para mí -lo siento por el presupuesto invertido, señores- sigue siendo el San Carlos. Donde trabajaba mi madre. Es como si ahora se hubieran colado unos okupas que además de no dejarnos bailar, nos han llenado las salas de cachivaches.

El actual Museo Reina Sofía de Madrid fue la primera sede oficial de los Ballets Nacionales. Las compañías que entonces llamaban Ballet Nacional Español y Ballet Clásico Nacional son actualmente el Ballet Nacional de España y la Compañía Nacional de Danza. Tenía yo unos 8 años cuando mi madre ejercía de maestra del Ballet Clásico Nacional, en la escuela primero y en la  compañía después. Mis días sin colegio -entonces ellos trabajaban los sábados y siempre que podían- trascurrían en los pasillos desangelados del enorme edificio; me sentaba junto al piano con un libro que a ratos leía y me tragaba clases, ensayos, y todo lo que hiciera falta. Benditas horas viendo bailar.

Recuerdo el frío del edificio, los andamios del patio interior, las goteras, los sillones de la entrada con el skai rajado donde los bailarines fumaban sin parar y una cantina común para las dos compañías en la que mi madre, un día, me presentó a Antonio el bailarín, que se estaba comiendo un bocadillo de tortilla. Literal. También recuerdo casi paso a paso la Cantata 51 de Bach, el Pájaro de Fuego de Stravinsky y el Nomos Alpha de Xenakis con coreografía de Maurice Béjart, que Víctor Ullate incorporó al repertorio de la incipiente compañía. Sorprendería a muchos la cantidad de recuerdos de situaciones y personas que es capaz de guardar una niña de esa edad.

Esas salas largas y estrechas, que yo imaginaba llenas de camas en el pasado, están ahora pobladas de gente que deambula de obra en obra y no sé porqué, pero todo en ese edificio me resulta desde hace años desconocido e inhóspito. Ayer, por sorpresa, me topé con el Indestructible Object de Man Ray. Ese metrónomo gigante, de pronto, me causó estupor: demasiado real todo, esa representación del tiempo que a veces juega malas pasadas. Dicen que la obra es una metáfora del deseo sexual, y que cuando la fotógrafa Lee Miller, amante de Ray, le abandonó, el artista cambió el ojo anónimo del metrónomo por el de ella. Puaj, el tiempo, esos tempi y esos timings descoordinados dentro y fuera del escenario, la guerra que dan; afortunadamente, ese ojo de Miller/Ray que parpadea pausado, desprecia tanto cuando mira como cuando ignora. Estos artistas qué se creerán, que pueden acorralarte sin avisar en mitad de un pasillo.

Pero seguí caminando y descubrí una puerta entreabierta que conducía a una escalera de emergencia. Me encontré en la escalera de granito por la que tantas mañanas subí corriendo de la mano de mi madre; la misma escalera, con esa distancia absurda entre escalones para mis piernas infantiles. Qué felicidad.

Lo siento, señores, yo me quedo con los recuerdos felices del San Carlos. Ustedes no son más que unos okupas de diseño.

Yesterday I went to Hospital San Carlos. Sorry, I meant the Reina Sofia. To me -what a waste of money, ladies and gentlemen- that building remains as the San Carlos. That’s where my mother used to work. It seems to me as if some squatters, besides not letting us dance there anymore, would have filled the rooms with junk.

The current Reina Sofía Museum in Madrid, was the first official location of the National Ballets. The two companies, then called the Ballet Nacional Español and the Ballet Clásico Nacional are currently the Ballet Nacional de España and the Compañía Nacional de Danza. I was about 8 years old when my mother worked as a teacher of the Ballet Clásico Nacional, first at the school and later at the company. When I didn’t have to go to school – at that time the company was scheduled to work on Saturdays and whenever they could- I spent my days in the corridors of the huge and soulless building; I sat by the piano with a book to read from time to time, and I watched classes, rehearsals, and whatever was done. Blessed be those hours watching dance.

I remember the cold feeling of the building, the scaffolding at the courtyard, the leaks, the chairs of the entrance with worn-out imitation leather, where the dancers smoked incessantly, and a sharing canteen for the two companies where my mother, one day, introduced me to Antonio el bailarín, who was eating a tortilla sandwich. Literal. I also remember almost step by step Bach’s Cantata 51, Stravinsky’s Firebird and Xenakis’ Nomos Alpha, all of them choreographed by Maurice Béjart; Víctor Ullate added this pieces to the repertoire of the fledgling company. What a surprise for most people if they’d get to know the many memories of situations and people, that such a young girl can keep in mind.

These long, narrow rooms, which I imagined full of beds in the past, are now full of people who wander from one art piece to the other; and I wonder why, but everything in that building seems to me unknown and inhospitable for years. Yesterday, by chance, I found Man Ray’s Indestructible Object. The giant metronome suddenly drove me to stupefaction; everything was too real, this representation of time that sometimes plays a dirty trick on us. It is said that this work of art is a metaphor of sexual desire, and when the photographer Lee Miller, Ray’s lover, abandoned him, the artist changed the anonymous eye in the metronome for hers. Ugh, time, these tempi and timing uncoordinated in and off the stage can give us a lot of hassle; fortunately, that eye of Miller/Ray flashing slowly, despises you either when looking at you or when you are ignored. Who do these artists think they are, allowed to corner anyone in the middle of a hallway?

But I kept walking and I found an open door leading to a fire escape. I found myself in the granite staircase that every morning I used run up with my mother holding my hand; the same stairway, with that absurd distance between steps for my little legs. What a pleasure.

Sorry, ladies and gentlemen, I’ll keep my happy memories of San Carlos. You are no more than a few fashion squats.

One thought on “Okupas en el Reina Sofía

  1. Dios mío, qué memoria tienes. Yo, si no fuera porque me ayudan mis rudimentarios diarios de la niñez, no me acordaría de nada!!!!!!!!!

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