Madrileña silbona

Silbo todo el rato. Me encanta silbar. Qué vulgaridad, dirán algunos. Oh, yes. Silbo cuando hay tormenta y cuando sale el sol; mañana, tarde y noche. Tengo, además, un repertorio amplísimo, que abarca desde el Cancionero de la Colombina hasta Candide -por decir algo interesante y silbable- pasando por Atahualpa Yupanqui, el Stabat Mater de Pergolesi, Un rojorojoclavel, cualquier cosa cantada por Annette Funicello (¡Me fascina ese Mr Piano Man!) o los Mills Brothers (That old fashioned love), el bolero Puerta de Tierra (claro), cualquier extracto de Dido y Eneas de Purcell o La Internacional. Unlimited, como Spotify.

A veces canso un poco. Oh, yes.

Esta mañana me descubrí silbando algo que tiene historia. Llevo años buceando en el legado de August Bournonville y (ejem) hay hasta quien me considera especialista en este estilo danés del Romanticismo. No tiene ningún mérito; es lo que me ha rodeado desde niña. Ha sido pura ósmosis. Pero además, mi enamoramiento desmedido por la Escuela Bolera (la prima española y coetánea de Bournonville) ha hecho que lleve años buscando las conexiones entre ambos estilos, el porqué, el dónde y el cómo. Voy averiguando cosas muy curiosas.

Hace unas semanas coincidí en el Conservatorio Profesional de Málaga con el Maestro Eloy Pericet; yo impartía un curso Bournonville y él, cómo no, daba sus clases de Escuela Bolera. Mismo horario, salas casi contiguas. Pianista interesadísimo y eficacísimo compartido a ratos, Enrique Díaz. El último día, se me ocurre preguntar a Enrique qué ha trabajado Eloy esos días y cuando oigo la música del baile bolero casi me desmayo. La melodía coincide nota a nota con la de una combinación del propio Bournonville, uno de los Skole Pas del sábado. Busco en mis partituras y ahí, en danés, figura: Spansk Vals. “Vals español”. Así, del tirón. Eloy compartió mi asombro en el tren de vuelta a Madrid, mientras dejábamos pasar las horas hablando de nuestras cosas.

[Para quienes hayan estudiado con Carmina Ocaña, aclararé que es la combinación que usábamos en la escuela como ejercicio de grandes saltos en nuestro examen de Sexto Curso. Imposible no acordarse, y ahora me pregunto cuántas generaciones lo bailamos delante de sucesivos tribunales de examen sin que nadie se enterara de aquello era una coreografía de Bournonville.]

Aún no he logrado averiguar de quién es la música y probablemente nunca lo sepa; sólo que está recopilada por Arista en un libro antiquísimo, Colección de bailes populares, y que esa pieza se llama La Madrileña.

A silbar.

I whistle all the time. I love to whistle. What a vulgarity, some might say. Oh, yes. I whistle with a stormy weather and I whistle when the sun is shinning; morning, afternoon and night. I also have a wide repertoire, ranging from the Spanish Cancionero de la Colombina to  Candide -just to say something interesting and that can be whistled- through Atahualpa Yupanqui, Pergolesi’s Stabat Mater, Un rojorojoclavel, anything sung by Annette Funicello (I love that Mr Piano Man!) or the Mills Brothers (That old fashioned love), the Puerta de Tierra Bolero (right), any extract from Purcell’s Dido and Aeneas or The Internationale. Unlimited, as Spotify.

Sometimes I can be a pain in the neck. Oh, yes.

This morning I found myself whistling a melody which has a story. I have spent years searching into the legacy of August Bournonville, and (ahem) some people think I’m a specialist in this Danish style of the romantic period. It has no merit at all, that’s what has surrounded me since childhood. It was pure osmosis. But also, my huge infatuation for the Bolero School (Spanish and contemporary cousin of Bournonville) has taken me to research for years, looking for connections between the two dance styles; why, where and how. I’ve found very curious things.

A few weeks ago I met Eloy Pericet at the Conservatory of Malaga; I was teaching a Bournonville course and he, of course, was given his Bolero School classes. Same time, almost adjacent rooms. We both worked with a very interested and efficacious pianist, Enrique Díaz. The last day, I asked him what Eloy had taght those days in class and when I heard the dance music of his bolero, I almost fainted. The melody matched note by note with the music of a combination of Bournonville himself, one of the Saturday Skole Pas. I ran to my score sheets and there, in Danish, I could read: Spansk Vals. “Spanish Waltz.” Just like that. Eloy shared my amazement at the train, going back to Madrid, as we could spend a couple of hours talking and talking.

[For those who were trained by Carmina Ocaña, I will explain that it was the same combination we used as a big jumps exercise for our Sixth Grade exam. Impossible not to remember, and now I wonder how many generations of us have danced it in front of successive boards of examiners without anyone knowing that we were performing a  Bournonville combination.]

I have not managed to find out who composed that melody, and I will probably never know; only that it was collected by Arista in an ancient book, Colección de bailes populares, and that it’s titled La Madrilena.

Let’s whistle.

2 thoughts on “Madrileña silbona

  1. Me encanta tu manera de escribir, de narrar, de contar anécdotas y vivencias Engancha como me enganchó tu libro. Y sin duda eres la gran especialista en Bournonville!!!!!!!!!!!!!!!

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  2. Hola Elna, nos conocimos hace unas semanas casi por casualidad en la proyección del documental de Mariemma y, también por casualidad, he descubierto esta entrada y este blog. Quería comentarte con ilusión que la partitura original de este baile que te intriga la tienen publicada en la web digital de L’Orfeó Catalá: http://bibliotecadigital.palaumusica.cat/cdm4/document.php?CISOROOT=/musimp&CISOPTR=4913&REC=10
    Si no me equivoco, se trata de la misma melodía. Sólo tras la barra de repetición, la partitura original está escrita una octava más alta que la del libro que aportas.
    He leído que Marie Guy-Stéphan bailó esta pieza por los años 1850. Tiene que ser la misma porque coincide en el tiempo con otra obra emblemática como El Jaleo de Jerez, por ejemplo. Un abrazo.

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