Esta noche mando yo, mañana mande quien quiera

Mi hijo toca el violín. El pasado domingo tuvo un concierto en la escuela donde estudia. Guau. Por primera vez tocó música de verdad, un minueto de Bach. Es el más pequeño de los alumnos de Sergio Castro, su profesor. “¿Estabas nervioso?”, le pregunté al terminar. “Sí, pero me gusta tocar delante de la gente”, nos dijo con esa serenidad que sólo tienen los niños cuando miran a los ojos y dicen la verdad.

Esos chavales felices tocan que da gloria oírles. Tuvimos Gluck, Haydn, Mozart, Dvorak, Smetana, Kabalewsky… y unas czardas de Monti que se raspó una niña que cumplía 11 años ese día y nos dejó clavados a la silla. Hay algo muy emocionante en contemplar cómo crece y se desarrolla un ser humano. Si además esos proyectos humanos conllevan una vocación que les impulsa a cambiar juegos por música, o por danza, o por pinceles… es algo difícil de comparar con nada. Percibir esa mezcla de inocencia e intuición infantil, junto con el despertar a la tormenta de la vida es absolutamente embriagador. Fue estupendo.

De ahí, corriendo de nuevo al Teatro Real, donde viví una experiencia extrañamente parecida, sin saber muy bien porqué. Alberto Ferrero se metía en la piel del Alcalde de Fuenteovejuna y no me lo podía perder. Un par de días antes me había escrito: “Maestra, amiga, compañera…”. Qué difícil es alcanzar todo eso junto. Alberto tiene la facultad de derrochar honestidad en el escenario, algo que le encantaba a Gades. Ya habíamos visto bailar a Alberto entre el pueblo de Fuenteovejuna -no podías mirar a otro en la botella, el agudo, la jota de tres o la de la flor- y más tarde también bajo la capa del Comendador; con qué interés seguía Antonio sus pasos en el escenario y cuánta razón tenía al decir que lo malo de dar a Alberto un personaje importante era que había que quitarle de otro sitio.
Hay gente que parece insustituíble y otros que realmente lo son. Me pasé toda la primera parte buscándole por el escenario mientras él contemplaba la acción desde una esquina, vestido de alcalde. Y hasta sin moverse, se llevó el gato al agua.

Hoy Alberto me ha acompañado en mi primera comida de verdad en unos cuantos días -bendito plato de pasta en la calle Velázquez- y hemos recordado muchos buenos momentos delante y detrás del escenario.

Como dice la copla de Fuenteovejuna, “Esta noche mando yo / mañana mande quien quiera”. O quien pueda, añado.

My son plays the violin. Last Sunday he had a concert at his music school. Wow. For the first time he played real music, a Bach minuet. He is the youngest among Sergio Castro’s students. “Were you nervous?” I asked him at the end. “Yes, but I like playing in front of people,” he told us with that serenity that only children keep as looking at you and telling the truth.

These happy kids play wonderfully. We listened some Gluck, Haydn, Mozart, Dvorak, Smetana, Kabalewsky … and some Monti’s Czardas played by a girl who turned 11 that day; we were all shocked with her. There is something very exciting in the way a human being grows up and develops. Moreover, if there is a vocation for the arts -music, dance, painting- you can’t compare that feeling to any other experience. Perceiving that mixture of innocence and intuition together in children, right in the moment they are opening into the stormy adult life, can be heady. It was fantastic .

From there, I run back to the Teatro Real, where I had an oddly similar experience, even without knowing the reason. Alberto Ferrero was performing as the Mayor in Fuenteovejuna and I wasn’t allowed to miss it. A couple of days before he had written to me: “Maestra, amiga, compañera …”. How difficult to reach them all together. Alberto has the ability to radiate honesty on stage, and Gades loved that. We had seen Alberto performing among the people of Fuenteovejuna -you could not look at any other dancer on stage during la botella, el agudo, la jota de tres or la jota de la flor- and also wearing Commander’s cloak; Antonio followed carefully Alberto on stage and he used to say that to giving Alberto a major character had the problem that you should take him out from another role.
There are people who seem irreplaceable, and others who really are. I spent the entire first part looking for him across the stage while he was watching the scene from a corner, as the Mayor. And even staying still, he got all the attention.
Alberto and I shared today my first real meal in the last few days -what a delicious pasta in calle Velázquez- and we remembered the old times, both front and backstage .

As stated in the verse of Fuenteovejuna, “Esta noche mando yo / mañana mande quien quiera”. Or “quien pueda”, I could add.

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